Perdido en medio de una selva de citas y razones para justificar mi asombro
ante el empeño adusto del viejo nuevo orden militar por reordenar
la balanza a la fuerza, siempre al acecho de grietas por entre las cuales
vaciar la endeble idea de civilización, las palabras de Vicente
Aleixandre vinieron en mi ayuda. Su prefacio a Llama de amor viva,
del poeta colombiano Fernando Charry Lara, deshizo el retruécano
apocalíptico que me impelía hacia la escritura adocenada.
En ese texto aludido el poeta sevillano escribe lo siguiente: «Casi
todo poeta sabe que es vana la obra de los hombres. ¿Pero quién
será el poeta completo a quien esta sabiduría lleve a la
aniquilación, al perfecto mutismo? Es conmovedor ver, ya desde alguna
altitud del vivir, cómo cada generación repite el mismo ademán,
como lo hace también el niño que nace, y ver que la contumacia
es la reclamación de la vida» .(2)
No es
Deucalión, arrojando piedrecillas hacia atrás, por encima
de sus hombros, para encontrar el camino de regreso, sino la mujer de Lot
–Lut en el Corán–, convertida en estatua de sal en respuesta
a su desobediencia, a su intento de conservar en la mirada el presente
perdido, la figura que propongo como respuesta a la actualidad, en la que
la expresión latina de damnatio memoriae parece haber retomado
pleno sentido y dado nuevo soporte a la cultura del eufemismo, a la palabra
castrada. En este sentido es válido subrayar cómo Rosa Lentini,
tema central de la segunda entrega de ANIMAL SOSPECHOSO, nos introduce
en la reflexión alrededor de la poesía no sólo como
oficio inescindible de la meditación acerca de la vida y el conocimiento,
sino también como remo poderoso para adentrarse en el corazón
de las tinieblas. Al fin y al cabo el arte del poeta –no hay conocimiento
sin creación– es un ejercicio de vasos comunicantes que testimonia
el paso de la tinta por los complicados vericuetos de la historia,
como dice María Ángeles Pérez López en uno
de sus versos. Vuelven entonces a la memoria nombres como Jorge Gaitán
Durán, José Ángel Valente o Edmond Jabès, cuya
reflexión poética se decanta hacia el poema como ejercicio
de violencia contra el lenguaje, contra la palabra muda y cristalizada
de las instituciones. A este propósito, con la venia del lector
por convertir este texto en una casa de citas, me permito traer a colación
una idea de Rodolfo Quadrelli con el fin de pujar hoy más por la
mujer del antiguo testamento que por la desmemoriada divinidad griega:
Las palabras son
definidas por el objeto que representan, pero, objetos iguales en contextos
diferentes se vuelven ellas mismas diferentes. Tal es el destino de palabras
como «tradición» e «historia». Éstas
parecen sinónimos si se considera su objeto aproximado, que es el
pasado; sin embargo, en un examen más detallado resultan ser términos
completamente opuestos, y resulta claro que uno de ellos ha prevalecido
sobre el otro. La «historia» ha predominado sobre la «tradición»
y le ha impuesto su objeto.(3)
Hay
demasiado ruido, demasiado alboroto alrededor de la historia –o de la no
historia– y, ante tal confusión programada, es mejor descampar en
las aguas de la poesía. No sé bien si su palabra restituye
algún sentido, pero es una manera de construir, de conservar
el instante a partir de una inteligencia que, más que con el pensamiento,
tiene que ver con la imagen, con la vigilia de Buda bajo los chopos.Algo
similar sucede con Eduardo Milán (Uruguay), María Ángeles
Pérez López (España), Margarito Cuéllar (México)
y Armando Romero (Colombia), los poetas que nos acompañan en la
sección «Un buque cargado de...», en la medida en que
la trabazón que los liga entre sí es la meditación
en torno al poema y la presencia constante de una ars poetica en cada uno
de sus textos.
En este
mismo orden de ideas, antes de cerrar esta invitación a la lectura
del segundo número de ANIMAL SOSPECHOSO, es oportuno aludir a la
interesante cavilación de Tomás Segovia, en la penúltima
sección, «Remolque final», en la que el poeta, a partir
de temas tan centrales para él como, por ejemplo, su oficio, la
pertenencia, o la traducción, nos remite a la poesía como
una de las maneras de desear la realidad, de perseverar en la mirada desobediente
de la estatua de sal:
[...] Por otro lado, es la primera vez que oigo que la poesía hispana
sea «una poesía del deseo frente a la realidad». Más
bien me suena a definición de la poesía en general, o por
lo menos de la moderna, y vista con ojos más bien franceses y muy
à la page –y ante esa impresión ni siquiera me conmueve el
eco cernudiano de la frase. No puedo estar de acuerdo porque justamente
llevo muchos años meditando muy por mi cuenta sobre el deseo, y
una de mis mayores disensiones respecto de mi época es probablemente
que el deseo en que creo es el que desea la realidad en lugar de denigrarla
o huirle o suplantarla, y que preferir la ausencia, la irrealidad y
la invención siempre me ha parecido una cursilería .(4)
Queda
entonces el abismo delante del acantilado para el trapecista distraído,
quien, sin proponérselo muy en serio, podrá saltar hacia
lo irremediable y apostar, no por la moda del presente, sino por la vigilia
ante el presente y construir a partir de las ruinas de todos los días,
lejos del eufemismo y la desidia.