Si
el poema es, como intuimos, la palabra que se descubre a sí misma,
la palabra aún no dicha, difícilmente hallaremos el aplomo
para exponer un decálogo de buenas, o malas, intenciones. ANIMAL
SOSPECHOSO, sin ignorar del todo qué es, o quiere ser, prefiere
arrastrarse a tientas allá donde su instinto le dice
que hay un poema. Éste, cuando
se produce, es un objeto que se añade inexplicablemente
al mundo.
Nos conmueve
la figura del cazador de poemas, el que busca y se propone el asalto a
la verdad y a la conciencia, componiendo así la noble estampa del
lector en la penumbra y al acecho. Sin embargo, nos asalta la duda: ¿y
si el poema fuese la cicatriz que señala a quien, como Edipo –sin
saberlo, porque era su destino–, se descubre cazador de sí mismo?
Si aceptamos
que la poesía es denodado empeño, revelación de los
sueños, también tendremos que aceptar la sentencia de Pierre
Michon que nos enseña que «los versos son trampas de tamaño
mayor para presas más inefables». De donde hallaríamos
el camino hasta el tanteo movedizo del poeta por hallar la materia de su
voz, hasta la mandíbula jubilosa del poema.
En esta
entrega, el ANIMAL se detiene, en su primera sección «Un buque
cargado de...», ante el verbo de Juan Felipe Robledo (Colombia),
suspendido en «la morosa delectación con que una frase se
extiende hasta el infinito»; la arqueología de lo cotidiano
de Jordi Doce (España); la magia versicular de José Viñals
(Argentina) y su revancha de camaján enamorado que encuentra, en
la palabra dual, la mecánica del mundo, y en la amante, la
tarde de recorrido lento, a cien leguas del mar, y, finalmente,
en la luminosa precisión de Andrés Sánchez Robayna
(España), cuya poesía baja a las lúcidas habitaciones
de la piedra. A todos ellos nuestro agradecimiento por los poemas
inéditos con los que completaron las respectivos extractos que presentamos
de su obra. Asimismo, nuestro reconocimiento a Nicanor Vélez por
reunir los poemas de Sánchez Robayna a partir del leitmotiv
de la roca, la piedra que, además de contener todo el fuego
del mundo, es reposo y también memoria, receptáculo
de siglos.
Entre
las múltiples coincidencias que auspiciaron esta tercera entrega,
cabe mencionar nuestro encuentro con el escritor venezolano Antonio López
Ortega, en República Dominicana, en el ya distante y capicúa
2002, cuando accedió a presentar a los cuatro poetas venezolanos
que, de alguna manera, presiden dos momentos de la poesía en su
país: Rafael Cadenas (1930), Eugenio Montejo (1938), Yolanda Pantin
(1955) y María Auxiliadora Álvarez (1956). A ellos cuatro,
nuestra gratitud por la paciencia con este ANIMAL que, en su recién
modi- ficada vestidura tipográfica, ha terminado por salir después
de tiempo.
A su
vez, desde las páginas del «Último remolque»,
enviamos un abrazo imposible al poeta colombiano Fernando Charry Lara,
recientemente fallecido, a quien, desde el más allá del poema,
hacemos llegar nuestro saludo, con el artículo «El verso llega
de la noche», en el que se reviven los ecos de la poesía nocturna
de este bogotano nacido en 1920.
Todo
ello acompañado por las fotografías del artista costarricense
Jaime David Tischler (San José, 1960), expuestas durante el mes
de noviembre de 2003 en la galería Segovia Isaacs de Barcelona,
bajo el título de Muerte de la fotografía. Mediante
el deterioro premeditado, aunque impredecible, de sus negativos, con soluciones
como la del bromuro de plata virado al selenio, al sepia y al oro, que
cualquier alquimista le hubiera envidiado, Tischler destila imágenes
con las que busca «una consolación poética, y a la
vez equivalente, a la disolución misma del tiempo». Un hallazgo
que, a nuestro juicio, comparte con la poesía: la imagen no como
aparición sino como su amago, apariencia, sombra proyectada
en el vado de las agua, subvirtiendo así la idea ya clásica
de Roland Barthes, para quien la fotografía es una máscara
mortuoria de la vida.
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