editorial animal sospechoso n°3
 
  
[...]   la   movediza  topografía  del  poema.               
  algo   así   como  un  nimbo  de palabras o conjuros  
 y,   más   arriba  de  las  ventanas, el mes  de junio   
el   tiempo   prodigioso   de  la  juventud, donde el   
agua es carne                                                     
        y la memoria, que no es nada, sino apenas sombra, 
arcángel   aterrado,   completaba  la taxonomía del 
    mundo                                                                 
cuando  las  piedras eran flores y los peces, plantas; 
anochece  y  estamos en octubre,                             
es  una  tarde hermosa  del Antiguo Testamento [...]

        DELFÍN  SAÑUDO, «Ni la ardorosa paciencia».


 
 
 
    Si el poema es, como intuimos, la palabra que se descubre a sí misma, la palabra aún no dicha, difícilmente hallaremos el aplomo para exponer un decálogo de buenas, o malas, intenciones. ANIMAL SOSPECHOSO, sin ignorar del todo qué es, o quiere ser, prefiere arrastrarse a tientas allá donde su instinto  le  dice  que  hay  un  poema.  Éste,  cuando  se produce, es un objeto  que se  añade  inexplicablemente al mundo. 
    Nos conmueve la figura del cazador de poemas, el que busca y se propone el asalto a la verdad y a la conciencia, componiendo así la noble estampa del lector en la penumbra y al acecho. Sin embargo, nos asalta la duda: ¿y si el poema fuese la cicatriz que señala a quien, como Edipo –sin saberlo, porque era su destino–, se descubre cazador de sí mismo?
    Si aceptamos que la poesía es denodado empeño, revelación de los sueños, también tendremos que aceptar la sentencia de Pierre Michon que nos enseña que «los versos son trampas de tamaño mayor para presas más inefables». De donde hallaríamos el camino hasta el tanteo movedizo del poeta por hallar la materia de su voz, hasta la mandíbula jubilosa del poema.
    En esta entrega, el ANIMAL se detiene, en su primera sección «Un buque cargado de...», ante el verbo de Juan Felipe Robledo (Colombia), suspendido en «la morosa delectación con que una frase se extiende hasta el infinito»; la arqueología de lo cotidiano de Jordi Doce (España); la magia versicular de José Viñals (Argentina) y su revancha de camaján enamorado que encuentra, en la palabra dual, la mecánica del mundo, y en la amante, la tarde de recorrido lento, a cien leguas del mar, y, finalmente, en la luminosa precisión de Andrés Sánchez Robayna (España), cuya poesía baja a las lúcidas habitaciones de la piedra. A todos  ellos nuestro agradecimiento por los poemas inéditos con los que completaron las respectivos extractos que presentamos de su obra. Asimismo, nuestro reconocimiento a Nicanor Vélez por reunir los poemas de Sánchez Robayna a partir del leitmotiv de la roca, la piedra que, además de contener todo el  fuego del mundo, es reposo y también memoria, receptáculo de siglos.
    Entre las múltiples coincidencias que auspiciaron esta tercera entrega, cabe mencionar nuestro encuentro con el escritor venezolano Antonio López Ortega, en República Dominicana, en el ya distante y capicúa 2002, cuando accedió a presentar a los cuatro poetas venezolanos que, de alguna manera, presiden dos momentos de la poesía en su país: Rafael Cadenas (1930), Eugenio Montejo (1938), Yolanda Pantin (1955) y María Auxiliadora Álvarez (1956). A ellos cuatro, nuestra gratitud por la paciencia con este ANIMAL que, en su recién modi- ficada vestidura tipográfica, ha terminado por salir después de tiempo.
    A su vez, desde las páginas del «Último remolque», enviamos un abrazo imposible al poeta colombiano Fernando Charry Lara, recientemente fallecido, a quien, desde el más allá del poema, hacemos llegar nuestro saludo, con el artículo «El verso llega de la noche», en el que se reviven los ecos de la poesía nocturna de este bogotano nacido en 1920.
    Todo ello acompañado por las fotografías del artista costarricense Jaime David Tischler (San José, 1960), expuestas durante el mes de noviembre de 2003 en la galería Segovia Isaacs de Barcelona, bajo el título de Muerte de la fotografía. Mediante el deterioro premeditado, aunque impredecible, de sus negativos, con soluciones como la del bromuro de plata virado al selenio, al sepia y al oro, que cualquier alquimista le hubiera envidiado, Tischler destila imágenes con las que busca «una consolación poética, y a la vez equivalente, a la disolución misma del tiempo». Un hallazgo que, a nuestro juicio, comparte con la poesía: la imagen no como aparición sino como su amago, apariencia, sombra proyectada en el vado de las agua, subvirtiendo así la idea ya clásica de Roland Barthes, para quien la fotografía es una máscara mortuoria de la vida.